Nací un día cualquiera de un mes sin nombre. ¿Que cómo lo sé? Porque nadie me recuerda. Cuando nací los meses tenían otros nombres; se llamaban Enero, Febrero, Marzo,... Bueno, la gente de mi siglo lo sabrá. Esos eran nombres normales para los meses. Los nombres actuales son tan redundantes, tan incomprensibles, tan imposibles… Ojalá pudiera volver a casa.
Vivo en una ciudad prácticamente abandonada con las pocas excepciones de los originarios moradores de estas insulsas tierras. El nombre de la ciudad es irrelevante, pero como supongo que a alguien le importará, lo llaman Gueniaz.
No tengo padre ni madre. Mis tutores son la tierra y el aire, los cuales me sostienen, alimentan y ayudan. No los controlo, y tampoco pretendo hacerlo. Mi verdadera familia murió hace siglos, dejándome atrapada en este lugar. Tan solo quisiera morir pronto.
Se supone que un espíritu se queda conectado al mundo donde vivió por que le quedan asuntos pendientes, pero a mí no puede quedarme ningún asunto , porque todo lo que tenía; ha muerto, o en todo caso, se encuentra en un museo a modo de descubrimiento histórico. Así que si en algún momento se me ocurriera la estúpida idea de decir a los humanos lo que en realidad soy, me convertiría en una atracción de circo. ¡Pasen y vean, señoras y señores! ¡Pasen y vean al increíble ser humano del siglo XX, el día de hoy!
Me he visto obligada a vivir humanamente durante tanto tiempo, que seguramente debería perder la esperanza de volver a morir, de abandonar de una vez esta población, esta cárcel. Pero no puedo permitirlo. No puedo rendirme antes siquiera de saber cuál fue la razón de que me exiliaran a La Tierra eternamente. ¿Podría tratarse de mi moralidad? ¿Tal vez de mi comportamiento durante mi primera vida? Los hinduistas creen en la reencarnación, ¿podría ser por eso que he estado cambiando de cuerpo simultáneamente siempre que el antiguo cuerpo en el cual había echado raíces fuera defectuoso? ¿Podía ser verdad el modo de ver la vida de los hinduistas? Entonces, ¿existía más de un Dios? Y sobre todo, ¿por qué me castigaban con este horrible tipo de vida? ¿Qué había hecho yo, una joven muchacha de diecisiete años que murió trágicamente en el siglo XX, para sufrir ese castigo?
Las respuestas a mis preguntas no podré encontrarlas en el fondo de una botella, ni en las páginas de un libro, ni siquiera en el interior de las personas. De hecho, soy invisible para la mayoría de las personas que en estos momentos me rodean, y en el fondo, es mejor así. Las pocas veces que un humano se ha fijado en mi ser, he tenido que ser desagradable. Sé que nada de esas personas a los que antes podía llamar “mi especie”, puede resultarme mínimamente atractivo - ni en un macho humano, ni mucho menos en una hembra - . Sin embrago, aunque no sean seres merecedores de mi interés o mi cariño, no puedo remediar sentir que en algún momento yo fui como ellos.
Me llamo Laia, y soy un espíritu olvidado en un estúpido y ridículo cuerpo humano.
Esta mañana, me he despertado del mismo modo que siempre: desvelada y cansada; cansada de vivir en el mundo equivocado. Sin embargo, cuando después de desayunar un bol de cereales de chocolate, he salido a las calles de Gueniaz, nunca habría llegado a creer que cuando volviera a casa iba a haber una carta esperándome sobre la mesa del comedor. Una carta que, según habían dicho los vecinos, no había traído nadie, puesto que no habían visto a nadie entrar después de que hubiera salido a dar mi paseo.
De modo que me encontraba en una extraña situación: alguien había dejado una carta en mi casa, para mí, sin que ningún ser humano hubiera podido verlo. Ante todo debía admitir que me resultaba sorprendente e intrigante; al fin sucedía algo importante en la vida que inevitablemente había adoptado .
Cierto que si hubiera sido inteligente, cuidadosa, o que si por lo menos hubiera sentido algo de aprecio por el cuerpo que estaba habitando, no debería haberme acercado a aquella carta, ni si quiera debería haberla abierto. Pero ahora estoy orgullosa de haberlo hecho; gracias a ello, he comprendido por qué he tenido este incalculable número de vidas humanas en mis manos.
Acabo de leer la carta; es una carta oficial del reino de los Cielos y dice así en mágica caligrafía con las letras de color dorado:
“Espíritu Laia;
Te escribo, para revelarte la función vital que debes cumplir. A finales de este mismo siglo, será iniciado el Apocalipsis del que advertí a los moradores humanos de La Tierra.
Por desgracia, los seres humanos dejaron de creer en mí durante hace tiempo; exactamente tres siglos después de tu primera muerte. He podido comprobar que tú todavía crees en la fuerza superior de los Cielos, de modo que vengo a ti suplicándote ayuda.
Mi necesidad es grande, y nadie cree en mí lo suficiente para hacer lo que pido; nadie exceptuándote a ti, querido espíritu. Por esa razón, te ofrezco la posibilidad de dejar esa vida que llevas para que formes parte del Reino de Los Cielos .
La única condición que pongo para que recuperes la libertad es que debes pulverizar un artefacto creado por ángeles caídos y seres oscuros que puede acabar con el mundo.
Se trata de una máquina que construyeron tomando mi palabra de destruir La Tierra; y como no tengo la verdadera intención de hacerlo aún, ellos se han nombrado a sí mismos dignos de hacerlo, incluyendo también el fin de los humanos.
Como supondrás, no deseo la muerte de los seres humanos que son descendientes de Adán, y de su consorte, Eva. Así que ve, Laia, y salva a la humanidad.”
Vaya.
Dios considera que soy el ser más apto para salvar el mundo; y con él, a la humanidad. No puedo creerlo. ¿Yo, salvadora de la humanidad?
Seguro que la cago antes de empezar.
- Oye, Laia; tráeme la carta. Puede que en realidad sea para mí. – Grita de repente la vecina de la casa de en frente.
- No se preocupe, señora, va dirigida a mí. - Respondo a voz en grito por la ventana.
- ¿Y quién va a querer hablar o incluso cartearse contigo, con lo aburrida que eres? - Pregunta con malicia mi vecina.
- Todo aquel que se canse de ti; que si me pongo a contar, se trata de demasiada gente. - Contesto también yo con malas intenciones.
- No tienes derecho a insultarme en público. Te pondré una denuncia, y o bien tendrás que abandonar tu casa o sino pagarás una multa, si no te arrodillas ante mí y suplicas mi perdón. – Chilla ella. Estoy harta de esta mujer.
- Haga lo que quiera, señora. A mí me da igual. Además, si me voy de aquí no tendré que aguantarla a usted; ante todo, ya saco beneficio. – Comento. El patio de nuestra casa se convierte en el lugar de reunión de las cotillas del pueblo, es el ring y mi vecina y yo, las luchadoras profesionales que se van a golpear sin cesar para el disfrute de su público, que ya comienza a apostar por la que creen que será la vencedora .
“Genial, solo faltaba que viniera la pasma.” Pienso con amargura, y de improviso, se oye una sirena de policía. Las marujas se dispersan y yo corro a cerrar la ventana, intentando evitar parecer estar implicada en el disturbio. Pero mi vecina me traiciona, ella habla con los trajeados hombres en una lengua que no reconozco, y eso, que a lo largo de mis vidas he tenido y he aprovechado la oportunidad de estudiar muchas lenguas como el inglés, italiano, francés incluso el chino o el japonés; lenguas completamente diferentes mediante las cuales se puede uno comunicar en cualquier lugar; aunque al parecer no está siendo suficiente.
El oficial se acerca a la pared en la cual se encuentra mi ventana y me pregunta algo en esa misma lengua. No sé qué puedo hacer. No entiendo ni papa.
- Lo siento señor, no lo entiendo. – Digo inconscientemente. Él se vuelve de nuevo hacia mi vecina y le vuelve a preguntar algo. A continuación, mi vecina comienza a reírse y después dirigiéndose a mí dice:
- Este agradable hombre me ha pedido que te diga que tienes que bajar y acompañarlos a comisaría nacional. Al parecer, no te has dado cuenta de lo que ha sucedido: hemos conseguido la paz mundial, pero para eso, todas las naciones se han comprometido a compartir la misma lengua; tras muchas discusiones entre políticos de alto rango, se ha decidido que esa lengua es el esperanto y como tú no conoces esa lengua, se ven obligados a cederte una educación superior, ya que han llegado a la conclusión de que la poca cultura que tú posees no ha salido nunca de estas cuatro paredes. -
- No sabía nada de eso. - Respondo.
- Por supuesto que no. Solo las personas de alto nivel social, económico, político y cultural conocen esa lengua. – Replica dándose aires de superioridad. - Con lo inculta que tú eres, difícil veo que te enteres siquiera de dónde vives.
- Tranquilícese, como siga pavoneándose de logros que no son suyos explotará. - Comento deseando que realmente esa mujer desapareciera de mi vida.
El policía vuelve a dirigirse a mi vecina y le insiste.
- ¡Vete ya al infierno, Laia! Aquí no te quiere nadie. – Exclama ella, y después cierra su ventana. De nuevo, tengo que arrastrarme por una sociedad a la que no importo. Despreciable. Repugnante.
Cierro la ventana y comienzo a recoger cosas que considero puedo necesitar: un peine; un espejo; maquillaje; ropa cómoda y un vestido elegante, de etiqueta; dinero; mi teléfono móvil de última generación, con conexión a internet, reproductor de música y videos, lector de películas y libros, ranura para memoria, en la cual, se introducen los vídeos, la música, las películas, los libros…; un pequeño cuaderno para añadir mis anotaciones personales sobre la nueva lengua que debía conocer, obviamente bolígrafos y lápices de muchos colores, una navaja multiusos, por si acaso la situación lo requería; y por último, y más importante, la carta que había llegado a mis manos de un modo muy extraño.
Mientras me estoy acercando a la puerta de salida de mi casa, comienzo a pensar en por qué razón debería entregarme a la policía. Tengo muchas cosas que hacer, y aunque sé que sin conocer la lengua y sin llegar a la capital no voy a conseguir nada, debo recobrar algo de libertad.
Bajo las escaleras, cuatro pisos de escaleras antiguas. Ahora, en el siglo L, todos los edificios tienen ascensores, toboganes o rampas; y si no es así, si hay escaleras, se trata de escaleras mecánicas. Por esa razón, un edificio con escaleras antiguas es tan llamativo.
Nada más abrir la puerta del portal, los agentes de policía se acercan a mí caballerosamente y señalizan con respeto la dirección de su coche. Agradezco su estima pero ni la merezco, ni la deseo. De modo que en ningún momento dejo de ser estrictamente cortés, pero ando con desdén y orgullosa mientras ellos me guían. Entro en su auto flotante de última generación y me acomodo en el sillón que hay dentro.
El automóvil es realmente moderno. En el interior del coche hay cómodos asientos de cuero y hasta un mini bar como el de las limusinas del siglo XXI. Está anocheciendo. La luna brilla fuera del coche brilla con fuerza y su resplandor ilumina todo el pueblo. Una noche como esta, es la noche en la que yo morí por primera vez.
Tenía diecisiete años; era joven y quería independencia, libertad y diversión; sobretodo diversión. Iba con mis amigos y estaba algo borracha, o ebria, como prefiráis llamarlo. Mis amigos y yo caminábamos juntos a nuestras respectivas casas, hasta que llegamos a un punto en el cual poco a poco, las chicas del grupo se fueron. Me quede sola con un chico de mi pandilla. Chico al que conocía de toda la vida, apreciaba y con el que me llevaba bien. No sentía nada por él, pero como era propio en aquella época, me gustaba jugar.
Comenzó a darme señales inequívocas de que quería pasarlo bien conmigo, por así decirlo, y se acercó a mí y me besó en los labios con firmeza. ¡Me encantó aquel beso! Fue como una mezcla ente ternura y fuerza; la unión de amor y odio. Se trataba de la sensación de hacer algo que sabíamos que estaba mal, era el morbo del momento. Yo no hice nada para impedirlo, me dejé llevar. Antes de que me diera cuenta estábamos besándonos a los bestia. Sin embargo, él empezó a volverse mucho más bruto, menos dulce. Comenzó a mover y a apoyar la mano en lugares donde nunca nadie me había tocado, y mucho menos un chico. Dejó de gustarme esa sensación y le dije que parara. Él no me hizo caso y comenzó a tirar de mí para que me entregara a él. Le dije que no, que no quería nada con él y me agarró de las muñecas con fuerza impidiéndome escapar de sus pegajosos besos. Me quitó la ropa demasiado rápido - tal vez porque tampoco llevaba mucha ropa; una ajustada camiseta de tirantes y una minifalda; - y me forzó. Después se fue satisfecho y sin vestigio alguno de sentimiento de culpa. Yo estaba en aquella esquina de la calle muriéndome de frío, medio desnuda y totalmente avergonzada por lo que acababa de suceder. Me puse en pie con lágrimas corriendo por mis mejillas, y comencé a correr hacia mi casa, pensando que allí me ayudarían de algún modo.
De camino hacia allí, mientras corría no pude ver cómo un camión iba en mí dirección hasta que fue demasiado tarde para apartarme de la carretera.
Aquel día morí, sin haber hecho realmente nada con mi vida. Era una hipócrita entonces, y ahora soy una creída. Pensé que aquel chico sentía un mínimo de respeto por mí, ya que nos conocíamos y éramos amigos, pero yo pretendía utilizarlo; sin embargo, descubrí que no era nada para él. Ni para él, ni para nadie.
Cuando aquella vez cambié de cuerpo sin comprender cómo, mi único deseo era contactar con mi familia, mis amigos, y decirles que estaba bien, que no sabía de qué modo, pero que había sobrevivido. Pero entonces me encontré con el chico culpable de mi muerte, y… Me vengué. Si él podía vivir tranquilo con el peso de culpa después de lo que me había hecho, yo iba a vivir aún mejor.
Y así me convertí en lo que soy ahora: Una habitante ilegal de cuerpos.
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